Por: Pablo Hiriart
Golpismo en marcha
Lo que está en curso en México es un golpe de Estado orquestado por una minoría violenta.
El que pierda de vista esa realidad, es porque prefiere evadirse de ella.
Los integrantes de la Comisión de Energía del Senado estaban citados el jueves anterior, a las seis de la tarde, para calendarizar la discusión sobre la reforma energética.
A la una de la tarde de ese día, es decir cinco horas antes de que sesionara la Comisión para organizar el debate, los legisladores del PRD, el PT y Convergencia, tomaron la tribuna del Senado y la de la Cámara de Diputados.
¿Les interesa el debate a quienes toman el Congreso para evitar que se discuta el tema?
Ayer el PRI, el PAN y el Verde hicieron una generosa propuesta para que los miembros del Frente Amplio Progresista (PRD, PRT y Convergencia), devuelvan la tribuna del Senado y de la Cámara de Diputados.
Plantean un debate plural e ininterrumpido de 50 días, sobre la reforma energética que propuso el gobierno.
Los legisladores del FAP pidieron unas horas para consultarlo.
¿Consultarlo con quién? ¿Con sus representados, que son los ciudadanos?
Claro que no. Las encuestas señalan el repudio general de la población a la toma del Congreso.
Ellos lo van a consultar con el jefe del grupo, López Obrador, y con nadie más.
Al momento de enviar esta columna a Excélsior aún no había respuesta del FAP, pero es absolutamente previsible: van a decir que no.
O van a poner una serie de condiciones imposibles de cumplir.
Le quieren quitar al Congreso la facultad de organizar la discusión sobre la reforma energética. Ya hablan de una comisión de notables para que haga la convocatoria a un debate.
Eso es, nuevamente, anular al Poder Legislativo.
De hecho, ya lo hicieron al tomarlo.
Y si no se hace la consulta como ellos dicen, continuará tomado.
¿Dónde van a poder sesionar el Senado y la Cámara de Diputados?
Adonde se instalen las cámaras van a ir los diputados y los senadores del PRD, el PT y Convergencia y van a tomar la tribuna.
Es lo mismo que sea en San Lázaro, en el Centro Médico o en Bellas Artes.
La República está en jaque por una minoría ambiciosa que quiere derrocar al gobierno.
La toma de San Lázaro y del Senado no es pacífica. Mediante la fuerza impiden que sesione uno de los Poderes de la Unión.
¿O no es así?
Lo que conviene a su estrategia es alargar la discusión hasta fines de agosto para juntar la conclusión de ese evento con el Informe presidencial.
Quieren cuatro meses para agitar en todo el país, con la enorme mentira de la “privatización de Pemex”. Los argumentos les resbalan. Los datos duros sobre la industria petrolera los ignoran de manera deliberada.
Hasta el momento, los únicos que han propuesto la incorporación de capital privado a Pemex son los miembros del Partido Convergencia, en el punto 26 de su plataforma electoral registrada ante el IFE.
¿Con qué cara sus senadores y diputados toman la tribuna para “impedir que se privatice Pemex”?
El único que ha hablado de “asociación” entre el sector público y el privado para que “participen en la expansión y modernización del sector energético” es López Obrador, en su Proyecto Alternativo de Nación.
Ahora, porque se propone contratar empresas privadas para que hagan lo que el gobierno les mande, dicen que se quiere privatizar el petróleo.
Lo que están haciendo es teatro.
Un teatro peligroso porque quieren arrinconar al gobierno para dejarle la única alternativa de la represión.
Van por la bolivianización de México.
Un alzamiento desbordado en diversos puntos del país “en defensa del petróleo”, y con ello el gobierno estaría entre la espada y la pared.
Reprime o capitula.
O ambas cosas a la vez.
Hacia allá quieren llevar la situación.
López Obrador ya sembró en todo el país la semilla del odio en contra del titular del Poder Ejecutivo Federal. Pelele. Espurio. Usurpador. Impostor.
Ha recorrido los estados con el veneno hacia un poder, el Ejecutivo.
Ahora sus huestes mantienen tomado el Poder Legislativo.
Y el domingo en el Zócalo se fue contra el otro poder. Señaló a la Suprema Corte de Justicia de la Nación y a sus ministros de ser “encubridores de políticos corruptos y de delincuentes de cuello blanco”.
Está cantado, López Obrador va por la insurrección y por el golpe de Estado.